La chica camina lentamente hasta el centro del escenario, mirando alrededor sin ver nada. Está oscuro y siente la imposible capa de polvo bajo las plantas de sus pies desnudos. Le pica un poco la nariz, pero se guarda las ganas de estornudar, y también las de gritar cuando ve una telaraña un poco más allá. El lugar está casi abandonado y en ningún momento ésa fue su intención, pero con esta ya serán dos disculpas las que la pelirroja tendrá que pronunciar, y eso no se lo puede permitir.

Un taburete aparece por arte de magia tras ella e, insegura, se sienta con tanta facilidad como la oscuridad le permite. Carraspea, pero el silencio es demasiado denso y aplastante y no está segura de si hay alguien ahí, si sus carraspeos han sido oídos o sólo ignorados. Carraspea de nuevo y sonríe un poco, preparándose mentalmente para decirlo. La pelirroja entrecierra los ojos, buscando figuras en la oscuridad sin estar segura de encontrarlas y, finalmente, desiste, allí parada en mitad de la oscuridad.

La pelirroja desapareció hace un tiempo, allá por mayo, y dejó su pequeño teatrillo de marionetas a su libre albedrío. Luego se arrepintió y le dio un poco de vergüenza volver y, finalmente, se embarcó en un nuevo proyecto que aún no ha comenzado a tomar forma, pero sigue apreciando demasiado su pequeño teatrillo de marionetas para dejarlo atrás, al menos de momento. Por eso ha vuelto y está sentada allí en medio, esperando saber si alguien la ha esperado a ella, aunque probablemente conozca la respuesta de antemano.

Lleva dos libros bajo el brazo. Los ha leído durante su desaparición. Uno es sencillo, con la portada de color crema y un rostro pecoso encuadrado en el centro de la misma. La soledad de los números primos, dice justo encima, acompañado del nombre de un autor novel que triunfa en todo el mundo, un tal Paolo Giordano. La pelirroja se abraza al libro con fuerza, consciente de lo mucho que le ha gustado. Si le preguntas, te dirá que está enamorada. De la utilización de las matemáticas como recurso, de la construcción de tan maravillosos personajes, de la forma de entrelazar dos historias condenadas a nunca encontrarse del todo y, sobre todo, de la forma de narrar de un físico teórico italiano que, seguramente, nunca esperó escribir algo que conquistara a tantos lectores.

En el otro brazo hay un libro azul. Azul llamativo como de juguete de niño, con una boca en medio adornada por dos grandes colmillos. Las letras rezan ¡Chúpate esa! y el autor es un tal Christopher Moore al que le gusta el humor un poco absurdo y que habla de los vampiros como si no hubiera ningún halo de misterio a su alrededor. Desmitifica a los chupasangres y los convierte en seres tan corrientes, con problemas tan humanos, que sin arrancarte carcajadas pasas todo el libro con una media sonrisita en el rostro, inexplicablemente divertida por lo que lees.

La pelirroja los sujeta con fuerza y, si los mira, sonríe porque son dos de sus más felices adquisiciones. Tiene otro en el bolso que le cuelga del hombro. Si miras por encima, puedes verlo. No se ve muy bien pero con sólo leer el apellido del autor es fácil deducir que se trata de Stephen King. No es que sea una gran fan del miedo (recuerda tonterías que de pequeña le producían escalofríos), pero se ha atrevido con éste y de momento está de lo más contenta. De momento. Luego tal vez tenga que venir a su teatrillo y despotricar, o multiplicarlo como si de panes y peces se tratara y recomendarlo a todos sus conocidos. Ya verá.

Ya verá, como ya verá muchas otras cosas. De momento, ahí está, sentada en su pequeño escenario, viendo desaparecer poco a poco (y por arte de Harry Potter) el polvo que la rodeaba, esperando ver si las luces se encienden y el patio de butacas no está totalmente desierto. Ya se verá.